Dardo Scavino, filósofo
“El hombre no controla su propia palabra”
Radicado en Francia, acaba de publicar El señor, el amante y el poeta, un libro que estudia la metafísica desde una perspectiva novedosa. Un paseo desde los clásicos griegos hasta Lacan, pasando por el pensamiento de Heidegger.

“¿Amar es el peor o el mejor de los equívocos?” Dardo Scavino medita la pregunta, la rumia, juega con ella y responde concienzudamente: “El equívoco reside en eso, precisamente: en que nunca sabemos a ciencia cierta si el amor nos está poniendo al servicio de lo mejor o lo peor. Pero es seguro que a la que amamos es siempre la más bella: para algunos puede ser la patria o la Iglesia, para otros la libertad o la igualdad. Habría que añadir una cosa: el amor es, para los sujetos humanos, fatal, pero también, y como correlato inevitable, el odio”.

Nacido en Buenos Aires, en 1964, Scavino reside en Burdeos, Francia, desde 1993. Estudió Letras y Filosofía en la UBA y actualmente enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Versailles. Ha publicado varios libros, entre ellos La filosofía actual (1999), La era de la desolación (1999) y Saer y los nombres ( 2004).

Recientemente, en la Argentina, la editorial Eterna Cadencia publicó su último libro: El señor, el amante y el poeta. Notas sobre la perennidad de la metafísica.

–Su último libro propone una metafísica posmoderna del lenguaje, al que define como un fundamento sin fundamento del mundo; ahora bien ¿no es sólo una manera de decir que existe “el” lenguaje?

–Claro, sí, “el” lenguaje existe, en el sentido que Lacan hubiese entendido este enunciado: el lenguaje es “todo” porque sólo hay una cosa que escapa al lenguaje: el propio lenguaje. “El” lenguaje “ex-siste”, deberíamos decir más bien, porque se exceptúa a sí mismo. No bien se pone a hablar acerca de sí, incurre en una serie de paradojas. Y por eso solemos olvidar el decir detrás de lo dicho (como cualquiera que haya frecuentado un diván sabe). “La” lengua, en cambio, no existe, lo que significa: la lengua es “no-toda”.

–¿Pero que diferencia hay entre esa tesis y el logos cristiano que hace posible el mundo?

–Ninguna. Sólo que esta tesis no es ni cristiana ni posmoderna sino, a mi entender, metafísica: en el origen se encuentra el logos. Incluso podría decirse que el logos es la metafísica: aquello que nos arranca de la naturaleza (de la phusis) y nos arroja a la historia, a la cultura, al mundo humano. Yo estoy de acuerdo con Judith Butler cuando se rebela contra esas teorías que hablan de una “naturaleza femenina”. No estoy de acuerdo con ella, en cambio, cuando tilda esta tesis de metafísica. Metafísica, justamente, es lo que está haciendo ella cuando separa la feminidad de la naturaleza y la anatomía, convirtiéndola en un fenómeno histórico y social. Mientras sigamos haciendo metafísica, vamos a evitar que los humanos sean reducidos a la fisiología o a la genética.

–Sin embargo, para Heidegger, la metafísica culmina de alguna manera en las tecnociencias...

–Exacto. Para Heidegger, la tecnociencia es la realización de la metafísica, mientras que para mí es una realización de la metafísica o, si se prefiere, una interpretación del problema del señorío al cual hago alusión en el título. Wiener, por ejemplo, forjó el vocablo “cybernetic” a partir del griego kubernêtês, que era el arte de pilotear un navío y, por extensión, una polis. Gobierno y gubernamental también provienen, de hecho, de kubernêtês. Y por eso los griegos pensaban que el gobernante era un piloto que trataba de mantener a flote el navío del Estado. Ampère ya había hablado a principios del siglo XIX de cybernétique para referirse al arte del gobierno. En fin, la metafísica siempre pensó en términos de poder y la tecnociencia, aunque lo niegue, sigue haciéndolo. Pero esto no sería sino una interpretación histórica de la metafísica que niega su estatuto metafísico: no hay afuera de la metafísica.

–Es decir, no hay afuera del lenguaje. Aun así, ¿hay lenguaje sin el afuera del lenguaje?

–Viejo problema: si hubiese algo fuera del lenguaje, habría que decir qué es, con lo cual ya no estaría fuera del lenguaje. La diferencia entre el adentro y el afuera del lenguaje sólo puede decirse dentro del lenguaje.

–Por definición ese afuera no se podría decir. ¿O, tal vez, lo hace el poema?

–Ahí aparece, entonces, el tercer personaje del título. En la tradición stilnovista, y tal vez también en la poesía provenzal, la “dama”, esa dama que se sustrae a las cláusulas del poeta, es su musa, esto es: la lengua. Hay algo que el poeta no logra decir y es precisamente eso que no cesa de decir, de proferir. Un teólogo francés, Stanislav Breton, lo resumía muy bien con una frase: “Lo inefable sólo puede dejarnos sin palabra después de habérnosla dado”. La vieja idea de musa, en todo caso, es muy importante en este libro: el hombre, que parece poder controlar todo, manipularlo todo, preverlo todo, no puede controlar “su” propia palabra. Para cierta filosofía, se llegaría a la verdad cuando el hombre lograse extirpar el equívoco de su terminología; para la poesía, en cambio, como para el psicoanálisis, la verdad surge con el equívoco.
08:47 - 13/05/2009

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Nora
No controlamos nuestras palabras y tampoco nuestros sentimientos, voy a comprar el libro para tratar de entenderlo mejor. Gracias Sr Aranda por la nota
10:58 - 13/05/2009

 

 

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